Como el Viento que Pasa
Poemas cristianos para adolescentes sobre identidad, emociones y crecimiento espiritual.
Como el Viento que Pasa
La juventud es un río de aguas transparentes,
que corre entre los dedos sin que nadie lo llame,
un destello de luz entre dos oscuridades,
un instante que brilla antes de que se apague.
Los días de la infancia se perdieron tan rápido,
como el humo que sube y se disuelve en el aire;
lo que hoy tienes en mano mañana será polvo,
lo que hoy llenas de risa mañana puede irse.
Qué frágil es el hombre, qué pequeña su historia,
qué breve el tiempo dado para andar por la tierra;
como flor que al mediodía despliega toda su gloria
y al caer de la tarde ya marchita se cierra.
Pero hay algo más firme que el andar de los años,
hay un nombre que aguarda más allá de lo incierto;
unas manos que tejen lo que el tiempo va deshaciendo,
unas manos que guardan lo que el mundo no ha visto.
Esas manos te conocen desde antes de tu nombre,
conocen tus silencios, tu alegría, tu quebranto;
no eres hoja que el viento dispersa sin destino,
eres hijo llamado con un fiel y eterno canto.
Cuando sientas que el suelo se mueve bajo tus pasos,
cuando todo lo tuyo se tambalee en el camino,
recuerda que hay un Padre que sostiene lo que cae,
que recoge al que tropieza y lo levanta del abismo.
No te pierdas buscando lo que el mundo te promete,
esa gloria fugaz que resplandece y se acaba;
hay riqueza más honda en confiar en el Eterno,
hay descanso más dulce en Su voz que nunca falla.
El presente es un soplo, sí, lo dice la Escritura,
mas en Dios ese soplo tiene peso y tiene nombre;
cada día vivido en Sus manos es eterno,
cada paso en Su senda vale más que el oro y el cobre.
Por eso, joven alma, no te aferres a lo frágil,
no construyas tu casa donde el tiempo todo borra;
pon tus manos en Él que sostiene las estrellas
y verás que lo eterno es la única gran obra.
Pasa el viento, sí pasa, y los años con él pasan,
pero Dios permanece con Su gracia y Su nombre;
y el que vive en Sus manos nunca muere del todo,
porque el cielo lo guarda y la muerte no lo rompe.
Manos que No Sueltan
A veces me pregunto si la vida tiene fondo
o si solo es un sueño que se esfuma en la mañana,
un reflejo en el agua de algo que fue hermoso,
una voz que se apaga antes de que amanezca.
Los años pasan rápido, más de lo que imaginamos,
la niñez fue ayer y hoy ya es otra la historia;
lo que hoy me parece tan sólido y tan firme
mañana puede irse como polvo en la memoria.
Hay noches que me pesan, hay dudas que me rondan,
hay preguntas que golpean sin hallarse respuesta;
y siento que el futuro es un abismo oscuro
donde el miedo se asienta y el corazón se tiembla.
Pero en medio del peso de lo incierto y lo frágil,
hay una voz que llega más adentro que el ruido;
una voz que me llama por el nombre que me dieron
antes de que el mundo supiera que había nacido.
Son las manos del Padre, las que forman y sostienen,
las que guardan al débil y levantan al caído;
manos que no se cansan, que no olvidan ni abandonan,
manos llenas de gracia para el alma que ha sufrido.
Como el río no teme la roca que lo espera
porque sabe que el cauce lo conduce hacia el mar,
así el alma que confía en las manos del Eterno
no se pierde en la tormenta ni se rinde al caminar.
Qué corta es esta vida, qué fugaz la alegría
que construimos nosotros sobre arena y sobre viento;
pero lo que Dios edifica permanece para siempre,
y Su amor no se acaba con el paso del tiempo.
No te angusties, alma joven, por lo que aún no has vivido,
no cargues lo que el miedo te ha puesto en los hombros;
pon en Dios lo que pesa, pon en Él lo que temes,
que Sus manos son ancla en los mares más profundos.
Cada herida que tienes tiene nombre en Su mirada,
cada lágrima tuya fue contada en Su presencia;
no eres nadie perdido en el ruido de este mundo,
eres alguien buscado con amor y con paciencia.
Vive, pues, sin el miedo de que el tiempo te consuma,
vive pleno sabiendo que hay un Dios que te sostiene;
en Sus manos está escrito lo que tú aún no has leído,
y ese libro es más bello de lo que el ojo contiene.