Poemas Cristianos para la Madre
I · Poemas por quien es — la madre como ser
Poema I · El nombre que precede al nombre
Sobre el misterio de la identidad materna
Antes que yo supiera que el mundo era palabra,
ya tu voz lo ordenaba desde el caos y la hondura;
como en el principio habló la Luz sobre las aguas,
tú nombraste mi nombre en la oscura envoltura.
Tus manos son el libro que el tiempo no desgasta,
cada surco una línea de gracia laborada;
en ellas leo el salmo que ningún monje canta
y el evangelio mudo de la entrega callada.
No eres la luna pálida que adorna los cantares,
sino la savia oscura que asciende por el tronco;
eres el verso largo que atraviesa los umbrales
y llena con su música el pecho más hondo.
Dios te tejió en lo oculto como tejió la aurora,
con hilos de paciencia que el ojo no distingue;
y en cada fibra puso la levadura que obra
hasta que todo el pan de este mundo se extingue.
Poema II · Intercesión en la cocina
Lo sagrado en lo cotidiano
Huele a pan tu oración de las mañanas tempranas,
a vapor que asciende como incienso sin templo;
tus labios no pronuncian las cláusulas arcanas
pero el cielo se inclina ante ese rito sempiterno.
Cada plato que sirves lleva sal y silencio,
la densidad del trigo que tus brazos amasaron;
hay en ese gesto humilde un antiguo convenio
entre el polvo que somos y las manos que oraron.
Como Ana que lloraba ante el umbral del Eterno
y vertía su angustia sin que nadie la oyera,
tú también has doblado en lo oscuro del invierno
las rodillas del alma ante una luz que espera.
Y el Señor que conoce el sabor de lo amargo
ha contado tus lágrimas como cuenta las olas;
en su libro de gracia está escrito el encargo:
bendecida entre todas las mujeres que vuelan o volan.
Poema III · La mujer de Proverbios 31 ha vuelto
Retrato de la mujer virtuosa en tiempo contemporáneo
Todavía madruga antes que cante el gallo,
y en sus ojos cansados arde lo que no cede;
no la detiene el frío ni el umbral más estrecho
cuando hay alguien que aguarda y que aún no puede.
Extiende hacia el pobre su palma sin reservas,
teje con hilos propios la cobija del otro;
en sus labios la ley de bondad se conserva
como el aceite guardado en el más pobre potro.
No teme la nevada que vendrá sobre el techo,
porque vistió a los suyos con el tejido doble
de la fe que no tiembla y del amor derecho
que levanta al caído aunque el cielo se doble.
Sus hijos se levantan —también yo me levanto—
y la llaman dichosa con el nombre que pesa;
porque tú eres el cántico más antiguo y más santo:
la mujer que no teme y que al mundo no cesa.
Poema IV · Herida que sana
Sobre el amor que atraviesa el dolor
Simón dijo verdad cuando anunció la espada:
toda madre que ama lleva el filo adentro;
hay una herida blanca, callada, no sangrada,
que es el precio que cobra el amor en su centro.
Tú también has velado noches que parecían
interminables como el mar sin otra orilla;
pero en esa vigilia tus manos sostenían
la antorcha de una fe que la oscuridad no humilla.
El llanto tiene un peso que los ojos no muestran
y un sonido de bronce que resuena en los huesos;
mas detrás de ese manto las promesas se aduestran
y el Padre de las luces envía sus consuelos.
Por eso yo te honro no en el día de fiesta
sino en el día gris donde nadie pregunta;
porque allí donde el mundo su mirada no presta,
tú sigues siendo entera, luminosa, y conjunta.
Poema V · Retrato en óleo sobre el tiempo
Descripción de una madre vista desde el amor filial
Tienes la misma luz que tenía la tarde
cuando aprendí que el mundo cabía en tus rodillas;
una luz que no mengua, que no pasa ni arde,
sino que permanece como el pan en las villas.
En tu rostro el invierno ha escrito sus razones
con tinta de trabajo y de amor que no acaba;
cada línea es un salmo de las generaciones,
el recuento fiel de una gracia que pasaba.
Eres la cepa antigua de la vid que florece
cuando el verano llega con sus manos ardientes;
de ti venimos todos, y en ti el fruto aparece
como el racimo pleno entre los sarmientos.
El Dios que plantó viñas en el monte sagrado
también plantó en el mundo el misterio que eres;
y yo, rama pequeña de lo que tú has sembrado,
te devuelvo este verso como el pan que te mereces.
II · Poemas para el Día de la Madre — la celebración
Poema VI · Este día también es tuyo
Celebración sin condescendencia
Hoy el calendario dobla su rodilla
ante el oficio más antiguo que el idioma;
y el mundo, que en enero te hizo astilla,
en mayo te recuerda y te abre la corona.
Pero yo no te traigo la flor de un solo día,
esa ofrenda que duerme cuando el martes termina;
te traigo lo que no tiene fecha ni vacía
el paso de los años: tu nombre en la colina.
Como la piedra ungida que Jacob consagrara
en el lugar del sueño donde el cielo se abrió,
así yo pongo un nombre en el sitio que guardara
la memoria del bien que en este suelo floreció.
Y el nombre es simplemente lo que siempre has sido:
el primer rostro humano que aprendí a descifrar,
la voz que antes que nada en el mundo hube oído,
el umbral luminoso entre el nacer y el amar.
Poema VII · Magnificat del hijo
En eco al cántico de María
Engrandece mi lengua lo que hiciste en silencio,
cuando nadie miraba y el cansancio era mar;
porque el Poderoso ha visto tu pobre lienzo
y ha bordado en él su gloria sin cesar.
Tú también, como María, dijiste tu sí
sin saber el tamaño de lo que venía;
y en ese sí sencillo me gestaste para mí,
para el mundo, y para algo que aún no se veía.
Hoy me alzo como álamo contra el cielo de mayo
y digo con los huesos lo que calla el papel:
que ningún himno escrito alcanza a ser el rayo
de gratitud que vibra en este pecho fiel.
Que en todas las naciones te llamen bienaventurada
las voces que sembraste como semillas al viento;
porque fuiste elegida y en ti fue habitada
la gracia que no pasa con el último aliento.
Poema VIII · Las manos que ya conozco
Meditación sobre el tiempo y la gratitud
Reconocería tus manos entre todas las manos
porque aprendí su textura antes que el alfabeto;
son el mapa más cierto de mis años tempranos,
el lenguaje del cuerpo antes del soneto.
Hoy, que el mundo te nombra con música y con flores,
yo te traigo el silencio que más dice en voz alta;
el que huele a madera y a antiguos resplandores,
el que suena a campana cuando el viento no falta.
Dios que hizo el cedro y la raíz más pequeña
también te hizo a ti con paciencia de artesano;
en el torno del tiempo pulió cada reseña
de carácter que llevo en la palma de mi mano.
Que este día no sea solo un día sino el umbral
de una deuda que pago con amor y con verso;
te debo el primer sur, el norte más leal,
y el rumbo que me orienta en el vasto universo.
Poema IX · Al pie del árbol que tú eres
Imagen arbórea del amor materno
Hay un árbol en medio de mi historia más íntima
cuya sombra aprendí antes de aprender la tarde;
sus raíces van hondo con una verdad última
que ninguna tormenta que me llegue hace cobardes.
Ese árbol eres tú en el jardín del tiempo,
plantada junto al río que no mengua en verano;
das tu fruto en silencio, guardas tu tempo,
y tu hoja no se mustia cuando el cielo está lejano.
En tu copa descansan los que vienen de lejos,
los que buscan sombra en la mitad del camino;
y en cada nido que haces con los propios bocetos
hay un eco del Padre y su amor genuino.
Por eso hoy me siento al pie de lo que eres
y dejo que tu sombra me enseñe a respirar;
porque hay sombras que abrazan y hay sombras que hieren,
y la tuya es la gracia que me enseñó a amar.
Poema X · Bendición de regreso
El hijo que devuelve la bendición recibida
Que la luz que madruga se derrame en tu frente
como ungüento precioso que desciende al cuello;
que el Señor que te hizo con amor y simiente
te devuelva en reposo todo lo que fue bello.
Que tus años venideros sean anchos como el trigo
en la era del verano cuando el sol no escasea;
que en tu mesa no falte el pan del pan contigo,
ni la copa que alegra, ni la gracia que provea.
Que tus hijos seamos el canto que mereces,
y que en cada victoria te nombremos primero;
que tu nombre resuene en las más hondas veces
con la gravedad limpia del metal verdadero.
Y cuando el Dios de toda consolación te llame
por el nombre que escribe en la piedra del cielo,
que encuentres que el amor nunca muere ni se derrame,
sino que es el principio de un más alto vuelo.
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